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El concepto de microagricultura, también llamado cultivo biointensivo, se basa en el principio de la visión holística. El foco está en el ecosistema natural, en el que la fertilidad y la regeneración del suelo, junto con la conservación del propio ecosistema, son los pilares fundamentales. Precisamente esos factores se fueron olvidando cada vez más en el pasado y se sustituyeron por enfoques no regenerativos. En el cultivo biointensivo, las hortalizas se cultivan muy juntas en franjas estrechas. Una particularidad es el uso de acolchado combinado con un laboreo mínimo. Los bajos costes de inversión y los rendimientos relativamente altos por superficie cultivada, en comparación con el cultivo convencional, permiten alcanzar la independencia económica al tiempo que mejoran la calidad del suelo y la biodiversidad. La comercialización se realiza, por ejemplo, en mercados semanales, en venta directa en la propia finca, a restaurantes o según los principios de la agricultura solidaria o comunitaria (SoLaWi/CSA). En este último caso, los consumidores cubren los costes de la explotación mediante cuotas mensuales fijas y reciben producto cada semana a cambio.

Una planificación muy cuidada es imprescindible

La gestión (planificación del cultivo y del trabajo, estructura del suelo, rotaciones, etc.) es compleja y puede provocar que quienes empiezan no lleguen siquiera a poner en marcha una explotación rentable por falta de conocimientos, simplemente desbordados por los numerosos obstáculos iniciales. Por ejemplo, unas rotaciones demasiado cortas para algunas hortalizas pueden agotar el suelo o favorecer enfermedades si no se tiene suficientemente en cuenta el elevado número y la diversidad de cultivos propios de la microagricultura. Otro factor es la gestión del compost y la fertilización, así como los distintos métodos de laboreo (mínimo), que conviene adaptar de forma óptima a cada emplazamiento para prevenir problemas y construir un sistema más estable.

Aunque los altos rendimientos por superficie cultivada con costes de inversión bajos y otros factores, como los diversos efectos positivos sobre el medio ambiente, hablan claramente a favor de la microagricultura, el sistema en su conjunto es muy complejo. Hace falta apoyo adicional para que la puesta en marcha y el cultivo con costes contenidos resulten atractivos tanto para personas del sector agrario con conocimientos como para quienes llegan desde otros ámbitos. Las herramientas de planificación y optimización, que hoy no existen o solo de forma puntual, constituyen una columna vertebral importante no solo para los hortelanos, sino también para nuestro entorno, y son necesarias para lograr finalmente una contribución perceptible a la adaptación al clima a través de la agricultura regenerativa.